En
Las imágenes de la ausente, Wafi
Salih hace una serie de cuestionamientos, de preguntas que reproduzco
textualmente:
1.-
“¿Al abordar la literatura escrita por
mujeres, al mirar sus personajes y establecer cómo se configuran éstos, no
desde la perspectiva del arquetipo viril-masculino, sino desde la percepción de
la experiencia vital, no nos arrojamos inmediatamente en las fisuras de las
grandes interrogantes?
2.-
¿Hay una sensibilidad especial que marca la construcción del personaje femenino
cuando éste es hechura del hombre?
3.-
¿En qué se diferencia, si este ser-personaje es producto de la experiencia
cultural, de la práctica cotidiana del sujeto femenino que se escribe, que se
describe y se muestra ante el texto?”
Creo
que para abordar algunas respuestas a estas preguntas faltará tiempo pero antes
de esto quiero iniciar esta ponencia con algunas reflexiones sobre la
literatura escrita por mujeres.
Muchos
conocimientos ancestrales fueron trasmitidos por nosotras. Tal es el caso de Hipatia
en el siglo II de la era cristiana.
Según Sócrates Escolástico “Había
una mujer en Alejandría que se llamaba Hipatia, hija del filósofo Teón, que
logró tales conocimientos en literatura y ciencia que sobrepasó en mucho a
todos los filósofos de su propio tiempo.
Habiendo sucedido a la escuela de Platón y Plotino, explicaba los
principios de la filosofía a sus oyentes, muchos de los cuales venían de lejos
para recibir su instrucción” ¿Y cuál fue el destino de Hipatia? Morir en un
asesinato del que aún se desconoce el móvil. ¿Por qué el homicidio?
Cada
cultura en el mundo ha tenido sus escalas de valoración, sus subversiones y sus
modos de ver la existencia. Por ejemplo,
las mujeres druidas escribían las recetas medicinales y luego fueron
catalogadas como brujas y quemadas por la Santa Inquisición de la iglesia
católica. Pero sus recopilaciones fueron utilizadas para formar el vademécum
médico de la cátedra de Medicina de las Universidades de la Edad Media, lugares
donde sólo los hombres tenían acceso. Y tomo estos ejemplos de la cultura ancestral europea como
reflexión sobre el tema que nos convoca hoy: Mujeres que escriben.
Pero para aportar más sobre el tema en
cuestión es necesario abordar qué hacen las mujeres diferentes al hombre. ¡Claro!
hay que reconocer que somos perfectas pero que durante siglos han querido que
estemos calladitas porque calladitas nos vemos más bonitas. Obedientes porque si no, somos capaces de
perderlo todo, como el caso de Flora Tristán, por ejemplo. Pero sabemos que jamás seremos dóciles y por
eso las mujeres escribimos. Y ¿sobre qué cosa
escribimos las mujeres?
Primeramente escribimos
porque tenemos una visión de mundo, somos curiosas y tenemos a nuestro favor la
palabra creadora que, de paso no tiene género, pero sí tiene motivaciones de
poder. La mujer que escribe tiene un
poder en sus manos que es el que le aporta la creatividad, el conocimiento y la
formación. Sin embargo, podemos saber
que hemos sido ninguneadas, sometidas, esclavizadas y silenciadas, porque quien
maneja el conocimiento tiene poder y el patriarcado instituido no permitió
durante siglos que fuera posible que tuviéramos un lugar dentro de la
intelectualidad. Sin embargo, en nuestra
constancia hemos obtenido grandes logros a través de la historia.
En nuestro país, en la época
de la Independencia, por allá por 1810, la sociedad estaba dividida y eran los
hombres pertenecientes a la clase dominante de entonces, quienes tenían acceso
al conocimiento, a la universidad.
Mientras tanto, las mujeres blancas eran las que podían ser instruidas
dentro de sus casas, hasta que Simón Rodríguez habló de la educación popular. Y es que era necesario que aprendiéramos a
leer, a escribir, pero sobre todo, a pensar, independientemente de la lucha de
clases establecida, para poder asumir mayores libertades.
Durante siglos hemos sido
domesticadas a través de la Institución FAMILIA. La mujer estaba hecha para el hogar. Las
esclavas no tenían acceso al aprendizaje.
Juan Germán Roscio enseñó a sus esclavas a escribir para que pudiera
existir el papel moneda. Eran las
esclavas quienes, a través del aprendizaje de la caligrafía, las responsables
de hacer los billetes. Sólo para mantener el poder y la riqueza se instruyó a
las mujeres en la caligrafía, mas no así en la escritura, aunque las más
audaces pudieron aprender a leer y a escribir, fuera del trabajo asignado. (Alcibiades.
Mirla, 2010)
Muchas mujeres se convirtieron
en personajes de grandes novelas, vistas desde el ideal de lo masculino, pero
cuando comenzaron a escribirse, desde su propia feminidad, desde el no estar de
acuerdo en morir de amor, como ocurre en
María de Jorge Isaacs, o en Ana Karenina de León Tolstoi, quisieron
contar su propia historia y allí podemos ver a las pioneras de nuestro país
empuñando la pluma con el espíritu rebelde: Teresa de la Parra, Pálmenes Yarza,
Enriqueta Arvelo Larriva, María Calcaño y Olga Luzardo visibilizadas por María
Eugenia Bravo, quien lleva años indagando sobre las mujeres que escriben en
nuestro país y haciéndolas visibles desde su trinchera, trabajo doble porque
ella también se está haciendo ver con la dedicación que pone a su investigación
y muchas otras que dieron impulso a ese mundo femenino de la Literatura.
El cuerpo de las mujeres
tomó parte en la escena. Ese cuerpo dócil, hecho para llevar el trabajo de la
casa, para parir los hijos, provisto de una capacidad para soportar todas las
jornadas de trabajo en sus diversos roles, pero que ahora también se manifiesta
a través de la palabra diciéndole a la humanidad: ya no soy cuerpo obediente,
soy presencia pensante y escribiente. La
pasión, el dolor, el aniquilamiento, la rabia, la impotencia, el amor, el
compromiso social y muchos otros sentimientos que se encuentran y desencuentran,
da lugar a una literatura distinta a la escrita por los varones y que no puede
seguir siendo violentada por el silencio. Entonces es válido responder a la
primera pregunta de Wafi Salih:
“¿Al
abordar la literatura escrita por mujeres, al mirar sus personajes y establecer
cómo se configuran éstos, no desde la perspectiva del arquetipo
viril-masculino, sino desde la percepción de la experiencia vital, no nos
arrojamos inmediatamente en las fisuras de las grandes interrogantes?”
Yo diría que nos arrojamos
en una fisura donde la belleza cobra vida y acceso ante el mundo de los
lectores que se va configurando a partir de esa perspectiva de la escritora y
su lenguaje que es un mundo. La mujer
entonces se expande como un caos dentro de la creación que asume y ya no es
sólo la que está en el hogar, la que se desarrolla a partir de la obtención del
conocimiento, la peligrosa mujer que es capaz de mirarse y de mirar a las otras
mujeres y escribir para la humanidad sus pormenorizadas inquietudes sino que
cobra espacio vital en las bibliotecas y en las librerías porque el verbo de
las mujeres tiene un poder en la mente de los lectores: un poder subversivo que
alerta a quienes detentaban el título de escritores, o sea de los varones que
se dedicaban escribir, surgiendo de esta
manera, una violencia soterrada, oculta,
delicada ante quienes asumen un papel en la sociedad y se rebelan contra el patriarcado
existente, es decir las escritoras.
Esa violencia es muy
dinámica y, aunque no parece hostil, es dolorosamente abordada desde la indiferencia
porque ante la literatura hecha por mujeres surge el fenómeno que somos muchas
y que ya no somos poetizas, como nos llamaron en el siglo XIX, sino que ahora
somos escritoras: de poesía, narrativa, filosofía, crónica, ciencia, psicología
y un incontable número de vertientes escriturales que nos hacen tener presencia
en la literatura y en otras ramas del saber.
Una vez que surgen nuevos
enfoques de lo femenino, a través de la lucha de años por la igualdad de
género, es cuando las mujeres comenzamos a cobrar vida con nuestra propia voz dentro
de los campos del conocimiento y uno de ellos es la literatura, y es en este
momento, en nuestro país, que somos tratadas con respeto, aunque muchas no
seamos parte del currículo de las universidades, que sería otro tema extenso a
trabajar.
Es por ello, que convocadas
en esa realización de la búsqueda de horizonte de sentido para lo que hacemos,
seguiremos subvirtiendo el orden de lo instituido porque en las universidades,
por ejemplo, si bien hubo apertura para el estudio de lo que escriben las
mujeres, éstas siguen siendo las mismas y hay que abrir paso a las nuevas voces
que se han ido erigiendo con su trabajo de perseverancia a través de la palabra
escrita y visibilizar a todas esas mujeres que existen en nuestro país
dedicadas a la experiencia de la palabra.
En cuanto a la construcción
de los personajes, hace mucho tiempo que tuve ente mis manos el Manual de
Antiliteratura, que a su vez era la que llegaba a las grandes masas convertida
en fotonovelas, Corín Tellado, Jazmín. Delia Fiallo y muchas otras mujeres que
tuvieron o tienen aún a bien, construir personajes femeninos donde la
idealización de situaciones, conflictos, amenazas siempre iba a estar concluida
por el final maravilloso: la casita
feliz, el perro, el jardín, los hijos, el marido.
Esta anti-literatura produjo
en nuestra sociedad una manera de ver a la mujer que escribe y fue cuando
comenzamos a diferenciarnos con obras como las de Laura Antillano con
personajes como la hija que narra La luna
no es pan de horno o la Ciudad Abandonada donde podemos ver a una ciudad
como Caracas con sus miseria, encuentros, desencuentros, pero ciudad femenina
que se mira desde el orden y el caos, siendo la ciudad un personaje que también
se convierte en un mito. Una ciudad donde un profesor universitario como
Diógenes es dueño de una librería conjuntamente con su mujer y su discurso es
la búsqueda del sí mismo, busca el sentido de su profesión como profesor
universitario pero ese discurso no le da respuestas para la vida.
“Quiere estar solo, necesita
estarlo, la proximidad de Minerva no le permitirá establecer ese espacio del vacío
sin ansiedad. Entonces trataría de
buscar respuestas para ella, siempre se ha sabido explicando el mundo para
otros, ahora quiere sus dudas, su propio vacio de respuestas”
Encontramos entonces esas
dualidad de compañía/soledad donde el varón, visto desde la perspectiva de la
mujer es un ser que se busca a sí mismo pero sin encontrarse. Sin duda alguna
el personaje masculino visto desde la perspectiva femenina no encuentra asidero
en la realidad que es imposible sostener entre tantos libros, teorías y
análisis que no le sirven en la vida práctica.
No es el caso de la mujer que es capaz de adaptarse a todos sus roles
por costumbre del aprendizaje ancestral y su capacidad innata de hacer muchas
cosas al mismo tiempo, dando la respuesta adecuada en la circunstancia precisa.
Con esto queremos decir que
la anti-literatura escrita por mujeres para las mujeres es un submundo donde lo
femenino juega el papel de las idealizaciones, lo irreal, la domesticación ante
un sueño común: el príncipe azul, mientras que en la Literatura de nuestras
escritoras, por ejemplo, como Laura Antillano, hay un encuentro con el ser
humano que somos todos, pero que también tiene implicaciones sociales,
psicológicas, filosóficas, políticas generando un avance en la construcción
textual pero también de la construcción de la emancipación escritural que
puntea avances sobre la sociedad en la que estamos contenidas.
Por su parte Carolina
Álvarez en “Las Trinitarias y Barba Azul” va desmitificando en sus cuentos a
esos personajes que, si bien en la infancia eran simples e inofensivos, en la
adultez Carolina los transforma en un metalenguaje que va guiado por metáforas
que nos preguntan y que a la vez nos cuestionan la visión que teníamos sobre
fábulas, cuentos de hadas, personajes de canciones y la realidad.
En su cuento Orfeo y Eurídice en los campos Eliseos
podemos leer este diálogo:
“Eurídice: Orfeo,
Orfeo… Te contaré mi historia. Como recuerdas, vivía en la casa de mis
padres. Fui educada en las letras y en
las artes, llevaba una existencia apacible y tranquila hasta que llegaste tú.
Al escuchar tu lira y los poemas que salían de tu boca, conquistaste mi
corazón. Te creí único, te amé.
Te ofrecí mis versos que
nunca había osado descubrir a nadie; traté de que escucharas y compartir
contigo las canciones que susurraban las musas a mi oído pero sólo me mirabas,
no me escuchabas.
Tus canciones, que en primer
momento me parecieron hermosas, comenzaron a sonarme huecas.
Estos pensamientos rondaban
por mi mente, pero me negaba a creerlo.
Todo se aclaró el día de nuestra boda. Las chispas de la antorcha de Himeneo
opacaban tu voz, la situación era tensa y observé tu rostro; no olvidaré esa
terrible expresión, en ese momento lo comprendí todo, un rayo atravesó mi
corazón. Entendí que mi vida junto a ti sería una soledad prolongada al
infinito.
“Orfeo: Eurídice ¿qué dices? Yo te amaba, vine a buscarte al Hades, hice lo que
ningún hombre había hecho…
Eurídice: Lo que viniste a buscar al Hades no fue a tu amada, fue a tu público,
tu auditorio particular.
Orfeo: Eurídice, de nuevo me asustas…
Eurídice: Te niegas a ver la verdad… Recuerda Orfeo, recuerda… ¿Por qué volviste
la vista?
Orfeo: Necesitaba verte, estábamos cerca de la tierra, temí por ti…
Eurídice: Orfeo... ¿qué pasa?, recuerda… Volviste tus ojos porque no podías
entender que me había zafado de tu mano.”
He allí la experiencia vital
de las mujeres, que sin duda alguna están sujetadas al macho, y que cuando se
sueltan, el macho la busca para mirarlas. El poder del hombre es la mujer
sujeta a su lado.
En el discurso audaz de Sol
Linares en todos sus libros, especialmente en La Circuncisa, podemos ver, más
que un lenguaje revelador, las circunstancias de sujeción de la hembra que se
emancipa de manera imprevista. Rehace a Olivia, la de Popeye, quien era ese
personaje flaco, famélico, flexible y sincero, para terminar casándola con
Brutus, pero nunca se desliga de Popeye, con quien llevó de por vida una
relación epistolar, siendo la carta que escribe en el cuento “Popeye me casé
con Brutus” un acercamiento a la sinceridad de una mujer que buscaba emociones
más allá de ser salvada. Porque nos enseñaron a que teníamos que ser salvadas.
Dice Olivia en su carta
dirigida a Popeye:
“… No me malentienda, pero usted
siempre fue lo que aparentó ser, un hombre bueno. Verá, ser bueno no es
suficiente, al menos no para mí. La virilidad de un hombre bueno fácilmente se
sublima con actos de preclaro altruismo, al que yo no me opongo per se. Pero no quieres a un hombre
bueno porque sea bueno; lo bueno sólo puede beneficiarte. En cambio, no tardé
en encontrar en Brutus sus propios opuestos, de los que me enamoré
enceguecidamente. Ahora lo sé. Lo veo claramente. A la bondad hay que agregarle
ingenio, la tozudez, la malicia, el desparpajo, la valentía y la ternura… Ahora
comprendo que fue entonces una metáfora de la reconstrucción de esta Olivia que
hoy escribe. He descubierto, después de todos estos años, que Brutus tiene la
medida exacta de mi pasión y mi temor por la vida.
En cambio, el amor suyo por mí no
era sino una proyección de justicia, acaso ilusoria y errática. Mi vida habría
sido consumida por un ideal del mundo que en el fondo usted no estaba dispuesto
a traspasar, de manera que la aventura habría acabado en el justo momento en
que Olivia fuera suya.”
He aquí ejemplos de mujeres
que van escribiendo otra historia diferente a las que nos contaron para que la
sumisión se instaurara en nosotras y soñáramos con nuestros héroes y príncipes
que jamás encontraríamos en la realidad.
Es por eso que me parece
pertinente traer a colación la segunda pregunta que inicia el libro de Wafi
Salih:
“¿Hay
una sensibilidad especial que marca la construcción del personaje femenino
cuando éste es hechura del hombre?”
Por supuesto que hay una sensibilidad
especial en la construcción de la visión de lo femenino desde el varón, que en
un momento es la creación de las mujeres a la medida de ellos. Por ejemplo, Dante Alighieri, nos presenta a
una Beatriz que es la mujer ideal y que quizás representa, en un sentido
simbólico, la utopía de perfección de la humanidad. Una humanidad que orienta al hombre pero que
es una humanidad en femenino.
Otra mujer ideal viene siendo Penélope,
que tejió y destejió una manta conservándose para su amado Odiseo y lo esperó
durante los doce años en que estuvo lejos del hogar, siendo casta a pesar de
los pretendientes que se reunían para que ella eligiera nuevo marido. (Cosa que
sucede cuando las mujeres están solas por decisiones propias. El arquetipo está internalizado en la
sociedad). Helena de Troya se dejó
llevar por la pasión y el enamoramiento pero produjo una batalla que terminó
con una ciudad perfecta y en armonía, enfureciendo a los semidioses, dioses y
en su mayoría a todos los varones que nunca preguntaron por qué Helena de Troya
dejó a su viejo, violento y perverso marido, quien es el que inicia la guerra
por el trofeo que era la belleza de Helena.
En la Biblia apreciamos que Moisés tenía
una esposa joven, hermosa y alegre.
Subió a buscar las tablas de la Ley y cuando bajó uno de los
mandamientos que le entregó Yahvé dice (lo transcribo como lo aprendí en
catequesis) “No desearás a la mujer de
tu prójimo” o sea: la mujer del prójimo es propiedad privada, mujer sin prójimo
es libre, pero a nosotras no nos dicen que no deseemos al hombre de nuestra
prójima y tampoco le prohíben al hombre con prójima establecer relaciones con
otras si éstas están solteras. Cosas de
la ciencia religiosa.
Vemos cómo Salomón desposa a la
Sulamita, virgen en espera de su noche de boda quien soñaba a su varón con su
mirada de gacela y sus manos que estaban tan ardorosas y que eran capaces de
derretir las llaves en la puerta como se derretía la mirra ¿Qué varón no quiere
tener a su Sulamita?
Otra mujer arquetípica es Betzabé cuya belleza hizo pecar al rey David
quien la miraba bañarse desde su balcón. Vouyerista David ¿Quién lo diría?
mandó al esposo de Betzabé a la batalla para que fuera asesinado pero el pecado
fue pagado por ella con la muerte de sus primeros hijos. Dios varón reprende a David, pero castiga a
Betzabé. Y así van a apareciendo mujeres
perfectas durante todos los relatos de la Biblia concluyendo con María, la
madre de Jesús, quien lo parió virgen.
No es hasta que José Saramago se le
ocurrió escribir el Evangelio según Jesucristo que comenzaron las dudas a ser
parte de los mitos internalizados en la sociedad impuestos por las religiones
judeo-cristianas, haciéndole un favor a la sinceridad, provocando una justicia
humana sobre María y Magdalena.
En esta construcción del personaje
femenino está la idealización de una mujer que no existe, por tanto, las
mujeres que sí existen ni son santas, ni diosas, ni putas. Son simplemente mujeres. A través de los relatos arquetípicos se
castiga a la mujer que sale de la regla impuesta por el hombre, Dios en el caso
de Eva, porque siempre ha tenido que
guardarse sus rebeldías para las guerras pero no para la comprensión de su
humanidad. Y en las guerras pasadas y quizás en las presentes, no tienen nombre
las heroínas, salvo contadas excepciones.
Es por eso, o sobre eso, que las mujeres
comienzan a drenar su propia visión de mundo, sus propuestas de lo que es una
mujer y sus aires de libertad, la lucha contra el olvido, la lucha contra el
propio secuestro de su palabra creadora y la lucha contra la violencia del
macho que usa el lenguaje como medio de in-comunicación ante la escritura
realizada por mujeres.
Vinicius de Moraes, en su versión de
Orfeo pone en la boca de Eurídice “Si
pudieras escucharme en lugar de verme”. Si pudieran escucharnos en lugar de
vernos… Y es que nos han hecho del tamaño de la mirada, no de la lectura, no de
la escucha, no de la totalidad de lo humanamente compartido que llevamos en el
mundo. Dice Ivonne Bourdelois respecto al tema de Eurídice y Orfeo en la obra
brasileña:
“El regreso al infierno se cierne como
amenaza para la pareja ante la imposibilidad de que el varón escuche a la
mujer, que es para él ante todo presencia visible, física o sexual, antes que
palabra portadora de sentido. Orfeo, mitad dios, mitad hombre, es el creador de
la música. El supremamente escuchable. Nunca el escuchante. La condición
impuesta a Orfeo, en realidad, consiste en superar esta situación de
ensordecimiento, y así responder al deseo más profundo de Eurídice: la de ser
oída. Una Eurídice invisible, que sólo puede ser escuchada, representa para
Orfeo el infierno, porque trastorna todos sus poderes”.
¿No es acaso esto lo que sucede con la
literatura? ¿No somos acaso las mujeres que escribimos unas Eurídice? ¿No hemos
vulnerado el espacio de Orfeo al atrevernos a aprender a decirnos, “con la
palabra portadora de sentido” unas trastornadoras de los regímenes de verdad
del patriarcado literario? Una pregunta que intento responder se convierte en
otras preguntas para ser respondidas buscando eso que dicen llamar “horizonte
de sentido”. Qué buena idea la de Carolina Álvarez de emancipar a Eurídice.
¿Cuál es el horizonte de sentido de las
mujeres que escriben?
Las mujeres co-estamos en una sociedad
dominada por la idea del patriarcado que nos define porque siempre han sido
ellos los que nos piensan. Nos define el
varón y al realizar esto quedamos-somos como sujetos de un sinnúmero de
relaciones vitales que nos pormenorizan la existencia. Lo expresaré mejor con
las palabras de Octavia, la que nunca envejece o rejuvenece y siempre tiene la
misma edad, según su padre. Este es el
personaje construido, entre muchos personajes que lleva el hilo conductor de
Percusión y Tomates de Sol Linares:
“Sí,
bueno, uno debe hacer algo con lo vivido, aunque eso vivido no valga mucho la
pena de ser contado y lo escrito en ese papel de carne que es la piel salga
igual de sucio cuando entras a la playa. Hoy amanecí… como decirlo, frágil,
como papel de arroz. Se me ha metido en la cabeza escribir mi autobiografía.
Naturalmente. A mi edad los seres humanos comenzamos a pensar qué hacer con el
recuerdo y esas cosas. Nos ponemos sensibles y autobiográficos. Ah, quien dijo
que mi vida era publicable, o peor, quién dijo que mi vida era legible”
He allí nuestra Octavia que es Eurídice.
“Dice Margaret Fuller que la literatura no consiste en una colección de libros
magníficos, sino en un ensayo de interpretación mutua.” (Bordelaois, 2007).
Entonces vayamos convenciéndonos que la
literatura escrita por mujeres no es un monotema: es un asunto de recursos e
interpretaciones de la multivocidad existente tanto escritoras existen. Orfeos: escúchennos, mejor, léannos.
La tercera pregunta que hace Wafi al
inicio de su libro es la siguiente:
“¿En
qué se diferencia, si este ser-personaje es producto de la experiencia
cultural, de la práctica cotidiana del sujeto femenino que se escribe, que se
describe y se muestra ante el texto?”
Se diferencia en que primeramente somos
todas unas Eurídice abriéndonos caminos en el infierno, queriendo ser salvadas
por Orfeo, que no quiere escucharnos y que al mirarnos nos quedamos sumergidas
en el Hades. No queremos permanecer allí.
O somos Olivia, o Penélope o
Helena. O Eva, esa infeliz que trajo el
pecado al mundo y a quien hay que redimir porque ella ofreció la manzana pero
la decisión fue de Adán. Pudo haber
dicho que no… Y es infeliz porque ha sido, por siglos, la mujer de las culpas
en lugar de la mujer emancipada que tomó decisiones por su propia cuenta. Todas, en el fondo, somos un poco la Eva castigada y excluida del Paraíso.
Entonces las mujeres que escriben, que
construyen sus personajes y sus develaciones poéticas siempre serán como la X
que es la incógnita de todos los problemas matemáticos. Siempre se busca resolver la ecuación (la
ecuación es femenina), pero a veces no se puede develar la incógnita porque
siempre una solución a un problema revela que hay un problema superior y así
siempre habrá una X que revelar en el discurso de los femenino.
Ante la pregunta: “En breves palabras,
¿Cómo te defines como mujer que escribe?”
Sol
Linares: “Bella amiga, me gusta sacarle la sangre a lo
subjetivo incluso en los eventos más tribales.
No sé si lo logre”
Ana
Mendoza: Apasionada. Torbellino a la orilla de una playa.
Desierta, descalza, aprendiz.
Coral
Pérez: Je, je.. La poesía es transgenérica.
Annie
Pereira: Sencillamente intensa. Me agarraste fuera de base.
Déjame pensar. Sufrida pero amorosa como me dijo alguien una vez.
AracelisReyes:L@az27rMt0Ppvtsp&vrs07r7r2!ypy46c4u0z2P1yr7Pxz2x:rt2y0rrq49z2Pxz2z7r7xw2z0Pr9P;7:y0rz1z79r2P7v7yr9Py0q7yr0Py27z4yr97v7yr9Py7v2r0rry;$@str9
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Carolina
Álvarez: Como una
persona sensible, un poco insegura, con algo que decir y mucho que escuchar.
Para concluir esta ponencia lo haré con
un poema de Ana María Oviedo de su libro Crueles que nos devela el encuentro
entre el uno y la otra:
EL POEMA
Ana María Oviedo
Nunca llegamos a nada
imaginar una puerta que al
abrirse mostrará el
desierto,
una plaza para besarnos como
adolescentes,
una ciudad, Trujillo o Praga, por
ejemplo,
trenes, notas de viaje,
flores amarillas, silvestres, sin
amarres,
un libro, Justine, la del
cuarteto, por ejemplo,
una idea por la que morir,
una canción ridícula,
una fotografía de la infancia o
un cuento,
Vientos Alisios, por ejemplo.
Pero nada.
Ni una carta de amor,
ni un pequeño animal detrás de
nuestros pasos,
un gato lúcido de dos colores
que mirara desde su indiferencia
o
peces dorados en un acuario
artificial,
un día de sol, una piedra
sobre la que tendernos limpios e
inocentes,
un poema, la música,
Mahler, por ejemplo,
almendras, mangos, café,
chocolate,
agua pura bajando desde los
labios como
un beso,
un perfume, el olor inconfundible
y persistente
en las manos después de hacer el
amor,
una película, Portero de Noche,
por ejemplo,
pero nunca llegamos a nada,
nunca
tuvimos nada,
crueles bonsais de granadas
mínimas,
una calle, una vereda, una fecha
de cumpleaños,
un patio, una calle, una mesa,
una cama,
un trago de cocuy para enfrentar
tristezas,
dulzón en medio de la lengua.
Era mucho pedir y nunca llegamos
a nada.
Una habitación de hotel en las
afueras
un día la semana,
te veo, amor, el jueves, por
ejemplo,
pero
tú y yo nunca llegamos a nada,
dormimos juntos y no basta
cuando apenas se añora lo
imposible

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