viernes, 25 de marzo de 2011

AZALEHA. Ingrid Chicote

A la otra Ingrid y a Aixa

La mujer estaba sorprendida de cuánto había caminado para llegar al otro lado del universo. Se dio cuenta de ello porque las estrellas fugaces se habían detenido en la planta de sus pies. De un brinco se incorporó y se dio cuenta de que por primera vez estaba de pie.

Toda su vida la había pasado caminando de cabeza. Por eso conocía tan bien los asuntos que provenían de la tierra. Conocía todas las clases de suelo, las posibilidades que había para llenarlo de flores o de cualquier clase de vegetales. Había muchas cosas que debían ser ordenadas para tal fin.

Sin embargo, al incorporarse y ponerse en pie, los mareos suscitados fueron muy fuertes. Tanteaba las paredes y al fin pudo ver el mundo en orden. Se reía de sí misma al comprender que los demás siempre la habían visto raro. Se moría de la risa al comprender que nació con las manos en el suelo, la cabeza para el suelo y los pies hacia el cielo.

También comprendió porqué le dolían tanto los brazos. Todo esto sucedió cuando una fuerte lluvia de aguafuego le apasionó en una tarde cuando vio que Mario bajaba todo vestido de azul de su nave de luz.

Intentó pararse corriendo del lugar donde estaba sentada, pero se dio cuenta de que todos caminaban con los pies. Entonces, para que Mario la viera normalita, hizo, por primera vez lo que hacían los demás: caminó incorporada.

Se tambaleaba, mientras iba llevando su maleta. Mario no se dio cuenta de que ella era extraña al tener que mirar hacia adelante. Un banco de la avenida se le atravesó y ella, sonriente, agarró hacia la izquierda, hacia donde estaba la pared, porque había perdido el equilibrio. La otra maña que tenía Azaleha era que al ir caminando de frente siempre iba viendo para atrás, como si alguien la persiguiera.

Mario la tomaba de la mano. Ella pensaba que todo eso era muy extraño, puesto que la última vez que la habían tomado de la mano fue una vez que a su mamá le intentaron arrebatar a su hermanita de meses y la mamá aterrada, las agarró fuerte a ambas y de un tirón la montó en la carcazú.

Azaleha comenzó a sentir unos efluvios extraños en su organismo cuando Mario, ante una bebida de crepitaciones y todo alborotado le puso las manos encima. El estremecimiento fue total. Las células quedaron atrapadas y empezaron a serenarse. Y ella, toda rígida, comenzó a sentir que debía estar así: sentada como toda la gente normal. Y fue cuando se estrenó al sentir de verdad.

Entonces comenzó a hacer un trabajo regresivo. Había nacido vieja. Como persona anciana, siempre había tenido respuesta para todo. Las respuestas venían de que todo le quedaba muy cerca de las manos y de la cabeza. Entonces podía percibir la cantidad de cosas que emitían los cuerpos que estaban cerca de ella.

En sus primeros años sintió que había tenido grandes cantidades de amor, que le servirían de combustible para continuar el viaje. Las experiencias con sus familiares habían sido todo un aprendizaje para lo que luego vendría. En ese entonces sí caminaba normalmente como todos los niños. Claro: sus piernas no eran perfectas. Usaba aparatos ortopédicos para enderezarlas y evitar que se cayera al correr.

Muy pronto la vida dio un enorme vuelco. Todo su mundo se convirtió en un tormento. Y fue entonces que comenzó a andar de cabeza. Y se acostumbró a eso. Al ver a Mario supo, entendió, se dio cuenta de que estaba de cabeza aún y fue entonces que se incorporó.


Azaleha era toda piel. Lo que pasa es que había olvidado para qué le servía y comenzó a hacer un pequeño inventario de todas las marcas habidas en ella, de las cuales se sorprendió y se avergonzó un poco con ella misma. Por supuesto que se justificaba porque andando de cabeza no se daba cuenta de que sus piernas tropezaban con cualquier cosa. Que los ojos los tenía más cerca de la tierra que del cielo y por esa razón a veces el horizonte que veía era tan corto.

Una vez de pie, pudo ver que los árboles tenían raíces, troncos y ramas, que los pájaros volaban sobre su cabeza y no sobre sus pies. Que el viento podía acariciarla y que no había razón para vivir de otra manera que no fuera estando incorporada con todo su cuerpo en orden. Entendió porque tragaba tanto polvo.

Mario la miraba y ella se sentía rozagante y hermosa. Sentía que por primera vez en la vida le salían rosas de sus poros. Entonces peleaba discretamente con ella misma. Es decir, se sentía completamente ligera de confianza. Sentía que podía confiar. Mientras la otra que le habitaba le hacía advertencias. Fue entonces cuando dejó sólo a Mario solo un momento. Agarró con furia a la otra que también la habita y la redujo con las manos y se la metió en un bolsillo. Luego regresó a seguir la charla como si nada hubiera pasado.
Las manos de Mario eran suaves. Todas extensas de caricias. Fue entonces cuando pasó algo insólito: aquel ser, venido de otra galaxia, tomó la iniciativa de amarla. Ella se dejó llevar suavemente y aceptó, como cosa normal, todo el encuentro. Descubrió que había lugares de su cuerpo que jamás había sentido. Descubrió un torrente de luces, fosforilaciones, encantamientos, ríos y mares que subían o bajaban de ella. Pudo constatar que estaba viva, que era capaz de despertarse al mundo.

Azaleha poco salía de su casa. Su casa se había convertido en un gran útero que la protegía de cualquier cosa que pudiera sucederle. Había tomado los miedos, los había embotellado, clasificado y colocado en diversos lugares para resguardarlos de los niños. A todas las botellas les había puesto una etiqueta que decía “ALTAMENTE TOXICO”.

También había embotellado las dudas, los sueños, las angustias. Todas clasificadas estrictamente. Había sellado dos cajas de botellas con traiciones y malos tratos. Todo estaba bien escondido fuera del alcance de niños, jóvenes y visitantes. Sólo ella sabía que todo eso estaba allí. Y todo estaba dentro de la casa.

La llegada de Mario a su vida fue sin previo aviso. Entonces Azaleha se dio cuenta de que podía salir de la casa y caminar por las calles y vivir. Una vez que Mario partió, ella se quedó impregnada de hermosura. Los pájaros entraban a despertarla en la mañana y cada vez que tocaba las cosas de la casa, éstas, agradecidas, se disponían a acariciarla.

Fue entonces cuando Azaleha se armó de valor para ir al mundo de Mario. Ya estaba advertida de que en ese mundo los peces estaban encima de las aguas, que los reptiles eran castaños y que las salamandras se vestían con enormes ojos de turpiales. También sabía, y estaba consciente de ello, que las aguas corrían serenamente por las calles y que al llegar a la casa de éste, hacían grandes cascadas de las cuales, se desprendían flores silvestres con los olores que jamás soñó que existían.

Azaleha tenía mucho miedo. Era la primera vez que se atrevía a cruzar el universo sola. Temía a los agujeros negros, temía que al llegar no pudiera salir del agujero de gusano, que las divergencias temporales pudieran hacerla ponerla de cabeza nuevamente o que le cayera una lluvia ácida. Pero nada de esto sucedió.

Todo era perfecto en el mundo de Mario. Inclusive: era un mundo sin gritos. Eso le parecía extraordinario puesto que en su casa, Azaleha, también tenía frascos de gritos clasificados: los insultos, las palabras que duelen, las que apenas lastiman y las que lastiman mucho, las mentiras y los inventos. Todo grito la asustaba de más. También tenía una caja de botellas llenas de gritos silenciosos: los de ella.

La clasificación de los gritos era bastante amplia, puesto que, siendo que ellos eran la forma de hacerse escuchar y de imponer cosas, ella era muy sorda ante esa forma de hacerse oír. Una vez ante un susurro mas allá de un grito se le reventó el oído derecho y comenzó a sangrarle. Sin embargo, a medida que se iban presentando, los iba atrapando y los iba almacenando en diversas botellas y por supuesto, los clasificaba.

Azaleha no hablaba de sus cosas secretas con nadie. Se expresaba a través de las palabras que dejaba extendidas en el papel. Las letras iban formando por sí mismas mensajes que lanzaba al cosmos. Tenía la esperanza que alguien, algún día, pudiera armar el rompecabezas de palabras que salían al aire, y entonces, viniera al fin un momento de paz a su vida.

Azaleha no pudo quedarse mucho tiempo en el mundo de Mario. Las diversas botellas que tenía en su casa hacían mucho ruido. Tuvo que regresar para poder enfrentarlas y hacer lo que nunca se había atrevido a hacer: sacarlas de sus escondites secretos y verterlas en un lugar donde nunca pudieran salir a molestar a nadie.

La tarea comenzó por ubicar el lugar de encierro perpetuo para todas esas botellas. Una vez conseguido, comenzó paso por paso: primero botó todas las botellas de gritos y mentiras, luego botó las botellas que contenían insultos, dudas y angustias.

El gran problema fue cuando fue a botar los miedos. Las botellas le comenzaron a temblar en las manos. Unas con otras chocaban y se mecían solas. Entonces Azaleha se puso sumamente nerviosa. Buscó rápidamente un enorme pliego de papel de envolver cosas delicadas y comenzó a envolverlas una a una. Hacía este trabajo minuciosamente controlada. Se repetía a sí misma que el miedo jamás debería controlarla a ella.

Fue cuando sucedió que una de las botellas se destapó sola. Era el miedo de ser abandonada. Se puso pálida. Sus piernas se paralizaron y volteó hacia occidente a ver si encontraba la cara de Mario. Su mirada estaba sumamente paralizada y entonces se generó en ella un terrible temblor que intentó controlar.

Escribió un largo mensaje. Un mensaje torpe y confuso como estaba ella en ese mismo instante. Lo envió por la ruta de los argonautas que siempre están dispuestos a llevar esa serie de comunicaciones a otros espacios, puesto que su naturaleza es el viaje perpetuo. Y llegó la respuesta justo en el momento en el que Azaleha había logrado tomar por los cabellos a su miedo escapado y meterlo en la botella.

Ya era tarde en la noche cuando logró leer el mensaje de Mario. Se rió de sí misma al verse atrapada entre ella y ella y la distorsión que se le soltó de las manos. En la mañana se paró tranquila. Como siempre hizo el café. Se sintió con los dos pies en la tierra. Alzó las manos y se dio cuenta de que no se pueden tocar las nubes pero sí la lluvia cuando ésta cae (llovía suavecito como Mario sobre ella) y tomó la caja y la llevó al mismo lugar que las otras.

Sólo ella sabe donde las dejó. Ya no están en casa. Excluidas para siempre de su vida, esperó que la lluvia se aplacara para que el río la dejara pasar tranquila. Al llegar a la casa, cocinó como nunca y pensó:
- Tan fácil que es botar todas las cosas que estorban y tan pendeja que he sido en no haberlo hecho antes.

Una voz le respondió, quizás ella misma, la otra que la habita:
- Te acostumbraste a mirar siempre hacia atrás. Con razón siempre te duele el cuello y la espalda. Lo importante es que te des cuenta de que ya nada de lo pasado te sirve. Ahora mírate en un espejo y comprende que la vida es lo que viene. Lo que está, lo que construyes se encuentra en la única botella que no tocaste: destapa la botella de los sueños y sé feliz.

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